La calle de la Quemada: Una historia de terror en la CDMX que te quitará el sueño 

Las calles de la CDMX, son sitios donde se grabaron historias escalofriantes como la de la Calle de la Quemada.

¿Sabrá la señora que vende en aquella tienda que cerca de su negocio, hace unos 300 años, se derramó sangre por el amor de una mujer? Cabe la posibilidad de que no lo sepa. El gusto por los relatos de boca en boca se ha perdido. Pronto podrían olvidar la leyenda de la calle de La Quemada.

En alguna de estas casas vivió en el siglo XVI Beatriz Espinoza, una joven de hermosura sin igual. De rasgos finos y un cuerpo de líneas tan definidas que sería la envidia de cualquier escultor. Además, con el bello rostro, empataba su bondad y ternura por el prójimo que padecía. Y tan sólo tenía 20 años.

Así que a nadie extrañó que pronto cautivara a un hombre. Desafortunadamente, conquistó a uno bravío y apasionado, uno que estaba dispuesto a matar y morir por ella, porque la quería. Era un amor loco que sobrepasó los límites de la analogía.

Martín Scópoli, el marqués de Piamonte se postró, espada en mano, debajo del balcón de la bella Beatriz, condenándola a ser espectadora de batallas terribles, pues el marqués retaba en un duelo a muerte a quien pretendía hacer llegar sus palabras a los oídos de Beatriz.

Si tenía suerte, por la mañana encontraba un charco de sangre afuera de su casa. Si no, era el cuerpo inerte de un caballero; o peor aún, la maltrecha voluntad de un enamorado agonizante.

Así que Beatriz tomó una decisión: si su rostro encantador era el causante de tanto dolor, algo tendría que hacer al respecto. Prendió las brasas de un anafre y cuando las piedras refulgían en color rojo, hundió su cara como quien lo hace en agua fresca por la mañana.

Pero Martín le dijo que era de su alma pura de la que se había enamorado, y enternecida por sus palabras, aceptó casarse con el marqués. Pero Beatriz tuvo que cubrirse el rostro bajo un velo negro para que nadie se encontrara con lo que quedó de lo que alguna vez fue el más bello de los rostros.

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